Cultura

Reducidas esperanzas

Reducidas esperanzas
Escrito por Todo Ocio

“Al principio el mar, la tierra y el viento luchaban por encontrar su lugar. Las fuertes olas arrasaban vastos terrenos, el viento balanceaba la arena de un lugar a otro sin respiro. La tierra tenía serios problemas para situarse, así que decidió realizar un trato con el mar, dejando pasar el agua de las montañas hasta el mar, con la condición de que no se quitasen espacio, el viento enfurecido siguió arrasando con huracanes y torbellinos todo ante su paso.”

 

Reducidas esperanzas

Por: Elias Gomez Perez

 

Me despertaré sabiendo que será otro día de derrotas. Lo habré visto en sueños justo antes de abrir los ojos; desde hace tiempo anticipo desdichas mientras duermo. Eso me obligó a evitar el sueño: entonces las ojeras y el malhumor, y esta lenta destrucción de mí misma.

Con todo, el sueño me vencerá, enemigo que no puedo doblegar con café o anfetaminas. Ganará control sobre mí, aflojándome la cabeza una, dos, tres veces, hasta cerrarme los ojos. Volveré a ver y a saber. Despertaré sabiendo que malviviré el día con una angustia duplicada.

Después encenderé el fuego en el silencio de la cocina, un silencio que se alargará en una mañana igual a otra o a ninguna, hastío típico en estos días sin fin. El café se quejará desde el cacharro caliente. Apagaré el fuego y miraré sus burbujas negras, la ebullición que le falta a mi vida. Quizá la inmortalidad temida de Borges sea una espiral de embole que se estira hasta el infinito.

Sé que saldré al mundo traspasando la puerta de la calle. Afuera me encontraré con ese montón de cuerpos tan distintos a mí, tan llenos de nada, tan antipáticos.

 

Luego de terminar el café me vestiré pensando en el viaje en el metro: otra vez subiré suplicando que mi única moneda no sea falsa, abriéndome paso entre el montón de cuerpos apelotonados, peleando un asiento, sacando a empujones el libro que quiero leer, sintiendo en la cara el olor a tedio y mal aliento. Apenas leeré unas hojas antes de bajarme, desconcentrada por el bamboleo del metro y las charlas de otros pasajeros.

 

Llegaré tarde. Lo sé, estoy condenada a sufrir esa tardanza, sabiendo que pude evitarla haciendo cualquier otra cosa diferente a esta resignación.

 

Abriré las puertas del local pensando que dormir sólo agranda ese futuro que no puedo cambiar, que va empujándome hacia un pozo más profundo. Encenderé el ordenador creyendo en el fatalismo de mis sueños; no puedo convertirme en lo que no soy, no puedo dejar de perder.

 

Me obligaré a pensar en esa porción de mi derrota: no busco ganar, sólo quiero dejar de replegarme cada vez más lejos de lo que alguna vez fui. Y recordaré que no creo en un destino distinto del que escribo al caminar, y me desesperaré pensando que parte de mí intenta destruir mis verdaderos sueños. Algo, quizá un remolino en el café o el lento girar de la cuchara en la taza, me hará recordar que llevo dentro cosas que no puedo expresar, lo que me diferencia de la gente apelotonada del metro. Sé que parezco su igual, pero muy dentro de mí escondo una diferencia.

 

Por fin, me convenceré hasta las últimas consecuencias: arañar y patalear y volver a levantarme, una y otra vez, es la única vacuna. Y cada vez que el sueño vuelva a empujarme lo enfrentaré con espadas de tinta y escudos y armaduras de papel rayado.

 

 

-¿Y de qué huyes niña?

 

– La casa se hizo asfixiante, las paredes se acercaban a devorarme, como si viviera un mal sueño.

 

Él se paseaba encerrado en sus cosas, en el mundo de sus cuadros, un lugar que fue de los dos y que ya no compartía conmigo. Y yo me sentaba entre la cómoda y la pared, en el suelo, queriendo hacerme lienzo…-dijo mirando al frente sin ver nada- pero no era más que otro mueble en el salón.

 

-¿Y la tormenta?

 

-La tormenta llegó ayer. El cielo estaba gris cuando me levanté, llorando y rabiosa. Había tenido otra pesadilla, pero ya era común. Con un enfado irracional e incontrolable, salí de la habitación. Él estaba de pie, dándome la espalda, frente a su último cuadro. Era una mujer, desnuda, sentada y recogiéndose las piernas, no paraba de mirarle, y sonreía, pensé que de pronto se asomaría, me miraría, y se reiría de mi triste existencia. Quise romperlo, destrozarlo, pero él me sujetó, “es lo mejor que he hecho en mi vida” me dijo. Algo se rompió en ese momento y empezó a llover.

 

Carta de olvido

Un latido por cada vez que me desprecias,

un pensamiento bueno por cada mala palabra,

una lágrima por cada vez que siento que eres diferente,

un beso guardado por cada labio que rozas sin ser mío.

 

Y poco a poco olvido, no sé si así voy a curarme, pero voy a matar despacio cada luna todo esto que hace que me enganche, voy a sacarte como si fueras una espina, pero lento, sabiendo que el dolor no se irá pronto.

 

Y cuando sepas lo que quieres, cuando eches de menos cómo camino o la boca que te muerde, cuando sepas que sólo yo te miro así y que no es para siempre el ser irresponsable, el ser un Peter Pan, se te hará tarde…

 

Quizás habré borrado hasta esa línea que parte tu barbilla, ya no la marcaré más con mis dedos.

 

 

Hacia el multicolor

Podemos hacernos compañía unos años,

mentirnos con las lenguas enlazadas,

callarnos con palabras vacías.

 

Podemos inventarnos nuevas calles,

noches abiertas y eternas

donde besar sin excusas.

 

Ensayar maneras diferentes de mordernos,

jugar a ser desconocidos los jueves

y a tocarnos por primera vez los sábados.

Probar a respirarnos boca a boca

así, absorbiéndonos la vida.

 

Puedes engañarme a cada paso

y que no lleguemos nunca a ese consenso

pero si me miras, y sé que me miras

aunque baje la mirada, y sonríes…

voy a crecerte dentro…

 

 

Somos…

Somos cómplices en este inmundo territorio,

aves de paso sobrevolando el cielo del abismo,

el borde de los labios mentirosos.

 

Somos pilares de construcciones desagradecidas,

cristales rotos de botellas llenas,

la flor mientras se muere,

alguien que llora…

 

Somos el negro sobre el blanco de los ojos,

la visión de futuros ajenos,

los dientes desiguales,

las bombillas apagadas,

 

Somos el viento cambiante de la vida,

el punto y final de los poemas de nadie.

 

Y el viento se asomará para borrar esta desdicha y alejarla donde alguna vez rompían las olas…

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Todo Ocio

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