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Japón fuego en las entrañas

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Escrito por Todo Ocio

El otro Japón

Ruta al fin del mundo,ruta al finibusterre japonés

 

 

Casi podría ser éste un destino al fin del mundo. El viajante europeo, siempre en busca de ocio y pasar un buen rato esta vez ha de rebuscar en la historia y cultura, deberá añadir a la proeza de dar la vuelta al globo terráqueo alcanzado el Extremo Oriente el encanto de llegar hasta el fin de el archipiélago  Japónes y descubrir la serenidad y calma de la vida rural ajena al agobio y masificación de las grandes urbes como Tokio. Traspasar el interior de la provincia de Kagoshima supone dar el salto a otra dimensión o haber viajado a otro país, donde se habla un dialecto ininteligible para los propios japoneses y cuyo nombre sólo se evoca para recordar a aquellos temidos y belicosos samuráis que acabaron con el shogunato Tokugawa y promovieron la restauración del Emperador Meiji a finales del siglo XIX.

 

Estamos en el extremo austral del archipiélago japonés —descontando las islas de Okinawa, varios cientos de kilómetros más al sur—, en la isla-región de Kyushu, la llamada tierra de los volcanes. Kyushu fue la primera isla en ser habitada por los pueblos procedentes de la península de Corea, a principios de la era cristiana, que poco a poco irían conformando, tras incorporar elementos aborígenes y chinos, la actual cultura japonesa. La región cuenta con importantes y conocidos volcanes activos como Aso, en la provincia de Kumamoto, o Kuju, en la provincia de Oita, pero la imagen del volcán de Sakurajima, en Kagoshima, remite inevitablemente a algo más recóndito, inaccesible y, de algún modo, primitivo.

 

No es fácil llegar a Sakurajima si no es por carretera, y todavía así es necesario haber atravesado vastos arrozales y sinuosos tramos de montaña para alcanzar la isla-volcán. Y sólo cuando se está ya muy cerca es posible ver perfilarse la majestuosa silueta del monte ignívomo, antiguo géiser que emergió de las profundidades del mar para exhibir su fuerza ante los ojos del mundo.

 

Fuego bajo tierra donde arden los sueños.

 

En los días de sol y calma  el volcán parece reposar plácido sobre el agua, pero la espesa humareda blanca que resopla desde su cráter anuncia sin tregua el fuego de sus entrañas. Sakurajima es, como el resto de los volcanes en Japón —cuyo máximo exponente es el Monte Fuji, situado a más de 1.000 kilómetros al noreste, cerca de Tokio—un monte sagrado del sintoísmo. Su poder arrasador y abrasador es concebido como la furia de los dioses, pero también como la energía vital capaz de levantar tierra, viento y mar.

 

Cada año se registran en Sakurajima unas 200 erupciones de pequeña intensidad. La última gran erupción tuvo lugar en 1914, en el año 3 de la era Taisho según el calendario imperial. Los archivos hablan de una explosión gigantesca que provocó sucesivos truenos y relámpagos, un seísmo de 6,1 grados según la escala abierta de Richter, una lluvia de fuego y una serie de tsunamis (las olas gigantes de un maremoto) que arrasaron el pequeño poblado instalado en las faldas de Sakurajima.

 

La ceniza expulsada se elevó a 8.000 metros sobre el nivel del mar y alcanzó la península de Kamchatka, en Rusia oriental, mientras el magma, que cayó durante cerca de un mes de forma ininterrumpida, terminó por unir lo que era un islote dentro de una bahía, similar a Pearl Harbour, a la isla principal de Kagoshima. No es de extrañar que, tres décadas después, los habitantes de Hiroshima y Nagasaki atribuyesen en un primer momento el fulgor devastador de la bomba atómica a un fenómeno natural.

 

Fue durante aquella erupción de 1914 cuando el torii (portón sagrado sintoísta) del principal santuario de la isla-volcán, el Kurogami-jinja, quedó parcialmente sepultado bajo las cenizas. El torii se ha mantenido tal cual hasta hoy, como testimonio innegable de la potencia que debió adquirir aquella gran explosión.

 

PODER DE LA TIERRA.

 

Hoy por hoy la actividad volcánica está bajo control y sus laderas continúan pobladas, aunque los habitantes se ven obligados a evacuar la isla esporádicamente debido a las frecuentes expulsiones de ceniza que acaban cubriendo por completo el paisaje —y los pulmones— con una extensa capa blanca. No existe, sin embargo, ningún peligro a la hora de visitar el monte que, por sí mismo, atestigua el extraordinario poder de la tierra a través de los dibujos caprichosos que la lava grabó sobre él.

 

El aspecto del volcán puede variar enormemente según el ángulo desde el que se mire: hacia un lado se evidencian los rastros del fuego que recorrió sus lomas, largas cuestas áridas y rojizas como una visión ilusoria de Marte. Hacia otro, en cambio, ningún resto de la incadescencia: sólo el milagro de la vida con frondosos bosques de cedros poblados de monos, aves y cientos de especies de flores, además de los cerezos (sakura) que dan nombre a la isla y que representan el símbolo de la flora nacional.

 

En época de floración, a mediados de marzo, los cerezos atraen, como ocurre en el resto del país, a numerosos visitantes que llegan en peregrinación a adorar la flor rosada y a lamentar lo efímero de la belleza cuando los pétalos, arrancados por el viento, abandonan las ramas en una «tormenta de cerezo».

 

japónUno de los mayores placeres que el viajero busca —o descubre— en Sakurajima son sus baños termales. Los onsen, como son llamados los balnearios de agua mineromedicinal, constituyen una de las mayores maravillas naturales para los japoneses, quienes de pronto parecen olvidar su habitual pudor y no tienen inconveniente en deshacerse de sus ropas y compartir las delicias del agua curativa con sus compatriotas. Si bien hasta principios del siglo pasado gran parte de los onsen eran mixtos, hoy en día hombres y mujeres suelen bañarse en espacios separados, y cada vez más balnearios reciben bañistas en bañador.

 

Uno de los mejores baños termales al aire libre (llamados rotenburo) es el que pertenece al hotel Furusato Kanko, en la punta sur de Sakurajima. El ligero olor a azufre de las aguas humeantes revela su naturaleza volcánica, con propiedades beneficiosas para el reúma y problemas digestivos, aunque por lo mismo se recomienda a los enfermos coronarios evitar darse baños prolongados. El hotel proporciona tanto a mujeres como a hombres un yukata (kimono ligero de verano) con el que introducirse en el recinto sagrado del onsen.

 

japónEl viajero conocedor de la cultura japonesa se dará cuenta de que se encuentra en territorio sintoísta, donde un torii rojo y unas cuerdas de paja con tiras de papel recuerdan la presencia de las deidades naturales en las rocas, en los viejos árboles y en el agua termal, valioso regalo del volcán. Una vez dentro, el cuerpo no tarda en acostumbrarse a los 40 grados centígrados del agua, en gran parte gracias a la brisa del mar, situado a tan sólo dos palmos del manantial, casi como una extensa prolongación que se pierde en el horizonte.

 

japónPor su caracter volcánico, los onsen abundan en todo Japón y muy especialmente en Kyushu. La ruta de los aficionados a los baños termales puede continuar aún más hacia el sur de Kagoshima. Las palmeras, apenas presentes al norte de la provincia, van siendo cada vez más numerosas a medida que nos acercamos a los confines de Kyushu y al lejano archipiélago de Okinawa, cálido presagio del trópico.

 

En lo más recóndito de este Japón extraño y desconocido se encuentra Ibusuki, una localidad remota que aun así ha recibe a turistas venidos de muy lejos con el único fin de darse los famosos baños de arena caliente en sus playas negras de ceniza, una inmersión fugaz a un imaginario y ardiente centro de la tierra.

 

Con su yukata de rigor, el bañista es enterrado por señoras fortachonas bajo una arena de playa recalentada por la cercanía de un volcán y cuya temperatura, al cubrir el cuerpo, oscila entre los 50 y 55 grados centígrados. Sumergido en la arena, únicamente con la cabeza descubierta para poder contemplar el mar, uno se beneficia de las propiedades del baño termal en menos tiempo —no se recomiendan sesiones de más de 10 minutos— y en mayor concentración (no es aconsejable para enfermos del corazón).

 

Los distintos balnearios ofrecen sus baños en cualquier época del año: en invierno, porque nos ayudan a mantener la temperatura, y durante el verano, porque permiten, al igual que el té caliente que sirven a todas horas, expulsar el insoportable y húmedo calor que el cuerpo acumula en los veranos japoneses.

 

Para más información, Oficina de Turismo de Japón en España

 

Khalid Meloul

 

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Todo Ocio

2 Comentarios

  • Japon es único,muy diferente,ahi es donde reside su magia.Yo lo recomendaria a cualquiera.y respondiendo al otro comentario,japon no es nada caro,quizas el vuelo

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